jueves, 29 de noviembre de 2012

2: Un Encuentro Inseperado


Abrí mucho los ojos, sorprendida. "No puede ser, no, ahora no" Mi cuerpo reaccionó inconscientemente y pronunció una palabras sin mi permiso.
-¡Demonio!
Estuve a punto de echar a correr y no parar hasta estar segura de haberme alejado al menos siete kilómetros de esa horrible criatura que me miraba con ojos divertidos. Pero no quise parecer una gacela indefensa contra un león hambriento, así que me erguí en mi silla y clavé mis ojos en los de aquel demonio, de un color azul líquido que en cierta forma, me daba temor. Lo observé de arriba  a  abajo; tenía los ojos azules y el pelo de un color un poco más oscuro que el castaño. El me miró y yo no pude aguantar su mirada penetrante, así que desvíe mi mirada. Por primera vez, me di cuenta de que todo el mundo tenía sus ojos fijos en nosotros. Un sonido suave, como un ronroneo resonó en todo el establecimiento. Me giré y abrí mucho los ojos. El sonido salía de la boca del demonio. Su risa no estaba concorde con su aspecto. De pronto, chasqueó los dedos y todo el mundo dejo de moverse. Incluso dejé de oír el suave sonido de la respiración y el latido de los humanos de allí. "¡¿Cómo ha podido hacer eso?! Si yo lo hubiera intentado habría muerto de agotamiento" De pronto, aquel ser me daba incluso más miedo que antes.
Me revolví incomoda en mi silla. El se sentó a mi lado, demasiado cerca para mi gusto. Una brillante sonrisa se asomó a sus labios. Me quedé impresionada por la perfección de todos sus rasgos. ¿Cómo podía un ser tan repulsivo resultar tan encantador físicamente?
-Que buen día hace hoy,  ¿verdad? -su voz era sarcástica pero su sonrisa no se esfumó en ningún momento.
-Si no contamos que hayas aparecido tú, hoy es un día perfecto - respondí bruscamente
-Bueno, veo que no estás de humor, ¿eh? Pues entonces empecemos por lo fácil. Me llamo Angel y como ya te habrás dado cuenta soy un demonio
-Ah… ¿Qué irónico, verdad? Un demonio llamado Ángel. Seguro que tus padres eran cortos de mente, mira que ponerte ese nombre…
La sonrisa de su cara se borró en el primer momento en que pronuncié esas palabras. Su rostro se tornó sombrío y me entró pánico.
-Mira, no se que pretendes. Pero insultando no vas a conseguir que me vaya.
"Este es bipolar" Pensé.
-Bien. Yo soy Jessica, hija de Zaranda y Pedro. ¿Qué quieres de mí?
Se aclaró la garganta y clavó su mirada en mí. De pronto sentí como si algo taladrara en mi mente, un dolor tan fuerte que estuve a punto de gritar y tirarme al suelo para luego retorcerme de dolor. Pero no lo hice. Apreté los dientes y clavé las uñas en la mesa de madera, rasgándola  Aun así no pude evitar que un gemido saliera de mis labios.
De pronto, el dolor cesó. Miré a Ángel y me di cuenta de que el volvía a sonreír. Una oleada de ira me recorrió todo el cuerpo al darme cuenta de que había sido él el que había hecho eso.
-¿Pretendías matarme, acaso? -no grité, mi voz fue como un susurro amenazante cargado de ira
Su sonrisa se hizo más amplia y soltó una carcajada.
-No, no puedo matarte. Aunque créeme, el instinto me dicta que lo haga y estoy reprimiendo un gran impulso. Pero necesito tu ayuda.
Lo miré boquiabierta.
-¿Mi ayuda? ¿Qué quieres, que te de permiso para torturarme y mantenerme como tu esclava?
Él volvió a reír.
-No. Unos demonios estaban en contra de mi familia y han matado a mis padres, creo que eso lo comprenderás bien -estuve a punto de hablar, pero antes de que me diera tiempo a abrir la boca él volvió a hablar -No, no me interrumpas. Supongo que es de sentido común querer venganza. Pero yo no me quiero conformar con hacerles un simple rasguño o una herida. Quiero acabar con sus vidas y que paguen por lo que les hicieron a mis padres, y para eso, necesito tu ayuda.
Esta vez fue yo la que me carcajeé.
-Repito. ¿Mi ayuda? No entiendo como piensas que te puedo ayudar.
-Bueno, si me ven con un ángel, pensarán que soy tan bueno que pude hechizar a uno de vosotros y me tendrán miedo. Eso ayudará. Además, no hay nadie más aparte de ti que esté dispuesto a participar conmigo, pues un demonio lo vería demasiado peligroso y un ángel normal ya me habría matado sin esperar a ver que digo.
-No pienso participar contigo en algo ni aunque me dieran una mansión y además, mil euros.
-Pero, tú también quieres venganza, no lo niegues. Si pudieses, matarías a cualquiera que tenga algo de sangre de demonio.
Gruñí.
-No soy un ángel.
-Lo se, eres medio ángel -respondió con una mirada impaciente
Pero sabía que no podía negarme. Me había dado en mi punto sensible. Era verdad, yo también deseaba venganza, y venganza de la buena.
-Acepto -respondí entre medio gruñido.
El sonrió.
-Mañana, a las 9:00 en la Fuente de Cibeles. Ven con la mente despejada, necesitamos planear nuestro primer asalto.
Dicho esto, salió corriendo del bar y enseguida la gente volvió a moverse y a formar barullo. Pero no se habían enterado de nada de lo que había pasado, gracias al hechizo del demonio.
Un pitido resonó en mis oídos. Saqué el móvil y vi que era mi padre. Colgué y miré la hora. Las 12:30. "¡Oh, no! ¡Me va a matar!"
Salí corriendo del establecimiento y me dí cuenta de que la lluvia había parado y los edificios proyectaban sombras espectrales sobre la luz de las farolas.
Corrí rápidamente hacia casa, pero eso no evitó que mi padre me castigue una semana sin salir. "Perfecto, tendré que escaparme de casa para ir a mi encuentro con Ángel…"
Subí a mi cuarto y me derrumbé sobre la cama, exhausta. Pronto, mis parpados empezaron a cerrarse y me sumí en un sueño lleno de pesadillas sobre ángeles y demonios.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

1: Un Bar No Es Un Sitio Para Niñas



Su risa, su mirada de ojos azules, su voz tranquilizadora. Como echaba de menos todo eso. Pero ella ya no estaba, mi madre nunca volverá. Murió cuando yo tenía 10 años y desde entonces todo me recordaba a ella.
El fuerte golpeteo de la lluvia me sacó de mi ensimismamiento. Estaba sentada en un banco blanco de madera, con la pintura caída por el tiempo. Tenía los ojos cerrados y las piernas cruzadas, y me estaba helando de frío.
Fue entonces cuando un vehículo que pasó al lado mía levantó una gran ola de agua y me mojó por completo. Abrí los ojos de repente mientras maldecía en voz baja.
Noté como la lluvia se hacia cada vez mas intensa. Las transparentes gotitas de agua me golpearon el los brazos desnudos con fuerza. El echo de que hubiera decidido ponerme pantalones cortos aquel día tampoco ayudó mucho.
De pronto un fuerte relámpago resonó en toda la ciudad. El sonido me hizo pegar un bote. Miré hacia arriba, las nubes grises se cernían sobre el cielo haciéndolo escalofriante. Decidí que ya había esperado mucho. Me levanté del banco rápidamente y saqué mi teléfono, con cuidado de no mojarlo. Marqué un número y dejé que sonara hasta que una voz masculina respondió.
-Papa, quedamos en que tenías que venir a recogerme –dije con tono de reprocha
-Jessica, lo siento, no he podido venir, me he tenido que quedar en la oficina para terminar un reportaje- respondió mi padre arrepentido
Suspiré. Mi padre era reportero y publicista y siempre tenía mucho trabajo, pero eso no era una excusa.
-Bueno, vale, nos vemos en casa. Adiós- colgué tan rápido que a mi padre no le dio tiempo a responder.
Siempre era así. Desde que mi madre murió mi padre ya no era el mismo. Sabía que no lo hacía a propósito, pero siempre se olvidaba de mí. En el fondo, no lo culpaba. Mi madre era un ángel, literalmente. Con su voz tranquilizadores y sus ojos comprensivos. Se supone que los ángeles son inmortales, al menos inmortales al paso del tiempo, pero no a las heridas de la carne. Y a mi madre la mató un demonio. Un asqueroso, destructivo, repulsivo e inmundo demonio. De las pocas cosas que había heredado de mi madre es el odio a los demonios, ¿pero quien no los odiaría si hubieran matado a su propia madre?
Aunque claro, también había heredado más cosas de mi difunta madre, mis movimientos eran ágiles y ligeros como una pluma. Pero lo más inquietante eran mis poderes. Si, poderes. Mi mente controlaba algunos aspectos de la naturaleza, como el fuego, la tierra o el agua. Pero cuando lo intentaba siempre acababa exhausta, pues gastaba todas las reservas de mi energía. Mi padre siempre me había dicho que nunca utilizase mis poderes delante de la gente, y yo siempre respeté esa norma, bueno, casi siempre. Había veces que la rabia y la vergüenza me controlaban y acababa chamuscándole el pelo a una niña pija que me insultaba o mojando al típico chico chulo que se cree el mejor. Todas esas veces mi padre, yo y anteriormente mi madre, nos veíamos obligados a cambiar de hogar. Y era mi culpa, aunque me decía a mi misma a pensar que se lo tenían merecido.
Me obligué a mi misma a dejar de distraerme tanto, metí el móvil en el bolsillo de la chaqueta y me dispuse a buscar cobijo debajo de un bar. Pronto encontré uno y entré tranquilamente. Todos los allí presentes eran hombres, salvo por una robusta mujer que estaba sentaba en la barra y la camarera. Suspiré. “En menudo sitio me he metido”
Nadie se dio cuenta de mi presencia allí.  Me senté en la barra y me dediqué a toquetearme el pelo mientras la camarera atendía a los demás.
Las miradas de los allí presentes se posaron sobre mí y yo me revolví, algo incomoda.
Cuando la camarera se giró hacia mí, sus ojos me inspeccionaron de arriba abajo, y me dedicó una fría sonrisa. Supongo que no quedó muy satisfecha con mi aspecto. No la culpé, sabía que tenía un aspecto bochornoso. Mi ropa estaba completamente mojada, de mi pelo caían cristalinas gotitas de agua y mis zapatos estaban llenos de barro.  Aunque también sabía que lo que más le sorprendió no fue eso, si no la edad que aparentaba. Con 16 años de vida, parecía que tuviese 14. Además, mi pelo dorado, mis ojos celestes y cristalinos, y mi rostro aniñado y en cierta forma, perfecto, me hacían parecer una niña mimada.
-¿Qué deseas? –preguntó la camarera con curiosidad
Yo le respondí con una sonrisa mientras pensaba en decirle que tomaría una cerveza, pero no podía. Mi padre lo notaría.
-Un café con leche, si tienen
La chica entró en la pequeña habitación donde guardaban todo y pronto volvió a salir con una taza blanca en las manos, que depositó junto a mí. Cogí una cucharita y lo probé. Estuve a punto de hacer una mueca cuando noté que estaba frío. Yo odiaba el café frío. Puse mis manos alrededor de la taza y cerré los ojos momentáneamente mientras buscaba las reservas de energía de mi interior. Mi mente invocó el fuego y el calor y pronto noté como la taza de café se iba calentando. Sabía que no debía hacer eso, pero no pude evitarlo.
Paseé la mirada entre todas las personas de allí y suspiré de alivio al ver que nadie había notado mi pequeño hechizo.
De pronto oí unos pasos que venían de atrás mía pero no me molesté en girarme. Lo que me pareció raro era que las pisadas eran casi inaudibles y ninguno de los barrigones y robustos hombres de allí podría caminar con tanto sigilo.
Un gélido aliento me rozó el cuello.
-¿Qué hace una niña como tú en un lugar como este? –la voz era masculina, y denotaba molestia y a la vez, un tono seductor.
Abrí mucho los ojos, sorprendida. “No puede ser, no, ahora no” Mi cuerpo reaccionó inconscientemente y pronunció una palabras sin mi permiso.
-¡Demonio!