miércoles, 28 de noviembre de 2012

1: Un Bar No Es Un Sitio Para Niñas



Su risa, su mirada de ojos azules, su voz tranquilizadora. Como echaba de menos todo eso. Pero ella ya no estaba, mi madre nunca volverá. Murió cuando yo tenía 10 años y desde entonces todo me recordaba a ella.
El fuerte golpeteo de la lluvia me sacó de mi ensimismamiento. Estaba sentada en un banco blanco de madera, con la pintura caída por el tiempo. Tenía los ojos cerrados y las piernas cruzadas, y me estaba helando de frío.
Fue entonces cuando un vehículo que pasó al lado mía levantó una gran ola de agua y me mojó por completo. Abrí los ojos de repente mientras maldecía en voz baja.
Noté como la lluvia se hacia cada vez mas intensa. Las transparentes gotitas de agua me golpearon el los brazos desnudos con fuerza. El echo de que hubiera decidido ponerme pantalones cortos aquel día tampoco ayudó mucho.
De pronto un fuerte relámpago resonó en toda la ciudad. El sonido me hizo pegar un bote. Miré hacia arriba, las nubes grises se cernían sobre el cielo haciéndolo escalofriante. Decidí que ya había esperado mucho. Me levanté del banco rápidamente y saqué mi teléfono, con cuidado de no mojarlo. Marqué un número y dejé que sonara hasta que una voz masculina respondió.
-Papa, quedamos en que tenías que venir a recogerme –dije con tono de reprocha
-Jessica, lo siento, no he podido venir, me he tenido que quedar en la oficina para terminar un reportaje- respondió mi padre arrepentido
Suspiré. Mi padre era reportero y publicista y siempre tenía mucho trabajo, pero eso no era una excusa.
-Bueno, vale, nos vemos en casa. Adiós- colgué tan rápido que a mi padre no le dio tiempo a responder.
Siempre era así. Desde que mi madre murió mi padre ya no era el mismo. Sabía que no lo hacía a propósito, pero siempre se olvidaba de mí. En el fondo, no lo culpaba. Mi madre era un ángel, literalmente. Con su voz tranquilizadores y sus ojos comprensivos. Se supone que los ángeles son inmortales, al menos inmortales al paso del tiempo, pero no a las heridas de la carne. Y a mi madre la mató un demonio. Un asqueroso, destructivo, repulsivo e inmundo demonio. De las pocas cosas que había heredado de mi madre es el odio a los demonios, ¿pero quien no los odiaría si hubieran matado a su propia madre?
Aunque claro, también había heredado más cosas de mi difunta madre, mis movimientos eran ágiles y ligeros como una pluma. Pero lo más inquietante eran mis poderes. Si, poderes. Mi mente controlaba algunos aspectos de la naturaleza, como el fuego, la tierra o el agua. Pero cuando lo intentaba siempre acababa exhausta, pues gastaba todas las reservas de mi energía. Mi padre siempre me había dicho que nunca utilizase mis poderes delante de la gente, y yo siempre respeté esa norma, bueno, casi siempre. Había veces que la rabia y la vergüenza me controlaban y acababa chamuscándole el pelo a una niña pija que me insultaba o mojando al típico chico chulo que se cree el mejor. Todas esas veces mi padre, yo y anteriormente mi madre, nos veíamos obligados a cambiar de hogar. Y era mi culpa, aunque me decía a mi misma a pensar que se lo tenían merecido.
Me obligué a mi misma a dejar de distraerme tanto, metí el móvil en el bolsillo de la chaqueta y me dispuse a buscar cobijo debajo de un bar. Pronto encontré uno y entré tranquilamente. Todos los allí presentes eran hombres, salvo por una robusta mujer que estaba sentaba en la barra y la camarera. Suspiré. “En menudo sitio me he metido”
Nadie se dio cuenta de mi presencia allí.  Me senté en la barra y me dediqué a toquetearme el pelo mientras la camarera atendía a los demás.
Las miradas de los allí presentes se posaron sobre mí y yo me revolví, algo incomoda.
Cuando la camarera se giró hacia mí, sus ojos me inspeccionaron de arriba abajo, y me dedicó una fría sonrisa. Supongo que no quedó muy satisfecha con mi aspecto. No la culpé, sabía que tenía un aspecto bochornoso. Mi ropa estaba completamente mojada, de mi pelo caían cristalinas gotitas de agua y mis zapatos estaban llenos de barro.  Aunque también sabía que lo que más le sorprendió no fue eso, si no la edad que aparentaba. Con 16 años de vida, parecía que tuviese 14. Además, mi pelo dorado, mis ojos celestes y cristalinos, y mi rostro aniñado y en cierta forma, perfecto, me hacían parecer una niña mimada.
-¿Qué deseas? –preguntó la camarera con curiosidad
Yo le respondí con una sonrisa mientras pensaba en decirle que tomaría una cerveza, pero no podía. Mi padre lo notaría.
-Un café con leche, si tienen
La chica entró en la pequeña habitación donde guardaban todo y pronto volvió a salir con una taza blanca en las manos, que depositó junto a mí. Cogí una cucharita y lo probé. Estuve a punto de hacer una mueca cuando noté que estaba frío. Yo odiaba el café frío. Puse mis manos alrededor de la taza y cerré los ojos momentáneamente mientras buscaba las reservas de energía de mi interior. Mi mente invocó el fuego y el calor y pronto noté como la taza de café se iba calentando. Sabía que no debía hacer eso, pero no pude evitarlo.
Paseé la mirada entre todas las personas de allí y suspiré de alivio al ver que nadie había notado mi pequeño hechizo.
De pronto oí unos pasos que venían de atrás mía pero no me molesté en girarme. Lo que me pareció raro era que las pisadas eran casi inaudibles y ninguno de los barrigones y robustos hombres de allí podría caminar con tanto sigilo.
Un gélido aliento me rozó el cuello.
-¿Qué hace una niña como tú en un lugar como este? –la voz era masculina, y denotaba molestia y a la vez, un tono seductor.
Abrí mucho los ojos, sorprendida. “No puede ser, no, ahora no” Mi cuerpo reaccionó inconscientemente y pronunció una palabras sin mi permiso.
-¡Demonio!

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